Bullying antes del Bullying. En la jungla de la ESO (II)

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 La palabra Bullying está últimamente muy de moda. El acoso escolar es un tema recurrente en tertulias de la tele y artículos de revista, como si fuera un hecho recién descubierto.

Pero la verdad es que este tema viene ya de muuuy lejos. ¿Quién no ha tenido algún momento difícil en su adolescencia?

En las aulas se llevan dando y recibiendo collejas desde tiempos inmemoriales…

 

Me parece genial que se hable y se conciencie sobre el acoso escolar, ya que provoca problemas muy serios de adaptación y autoestima en muchos alumnos. Hay que acabar con ello, sin duda.

Pero señores, esto no es un tema nuevo. En todas las clases siempre ha habido distintos roles. Chavales más extrovertidos y más tímidos. Más tranquilos o más violentos. Abusones y margis.

La diferencia es que si antes le ibas a la profesora con alguna de “profe, Manolito me a dado una colleja y me ha tirado el estuche” la respuesta era “niiiiños, dejad de hacer el tonto u os echo de clase”.

En cambio ahora va un chaval y dice “profe, estoy sufriendo acoso escolar de Manolito y se lo voy a decir a mis padres”. Entonces se llama corriendo al orientador y al jefe de estudios, y se expulsa a Manolito 3 días antes de que este centro salga en todos los medios.

 

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Una tribu compleja

Por aquellos años, cuando yo empecé el instituto, en cualquier clase de la ESO podías encontrar el mismo tipo de fauna, que generalmente se dividía en 3 estratos:

– Los guays: principalmente los chicos que jugaban mucho al fútbol y las chicas guapas que eran relaciones de discotecas light. Mirando por encima del hombro, hablando contigo como quien te hace un favor y siempre influyendo en las decisiones de la clase.

– Los marginados: aquellos que sacaban siempre muy buenas notas, los que se les daba mal la gimnasia o los que tenían de algún defecto físico evidente eran bastante propensos a ser estigmatizados como “margis”. El 4 ojos, la foca o el cabeza-buque eran algunas de las lindezas que compartían entre compañeros.

– El resto: los que no estaban ni en un lado ni en otro iban a lo suyo, se montaban su grupillo de amigos y no se metían mucho con nadie. La supervivencia social del tuto se basaba en mantener tu lugar, intentar subir más arriba y no caer hacia abajo.

 

Personalmente, siempre he aborrecido esta estructura social juvenil basada en la influencia de las series Highscool americanas, donde el guapo es el quarterback que se tira a la capitana de las animadoras y su deber es robarle el dinero del almuerzo a los nerds mientras les hacen los deberes.

Este modelo social lo importamos gracias a series de la tele en aquellos años como Compañeros o Al Salir de Clase. Entonces todo el mundo quería ser el guay como Quimi, estar lo la Valle de turno y reirse del looser.

Pero si estoy tan en contra de esta estructura social adolescente es porque la realidad es muy diferente a lo que te venden por la tele.
Un aula de instituto no es una serie americana. Pero por culpa de estos clichés, los chavales se pierden una parte genial de su personalidad.

Hay chavales que juegan al fútbol más por influencia que por ganas; chicas y chicos que no hacen o dicen cosas “por lo que piensen los amigos”; acosados que al año siguiente se convierten en acosadores por venganza y envidia, repetidores estancados en su papel de “sin-futuro”…

Cuando creces y te das cuenta de lo productiva, interesante y bonita que es la diversidad, te dan ganas de volver a tu “yo” con 13 años y darte un par de collejas.

 

 

No sabes quién eres ni quién quieres ser

Cuando yo estaba en el instituto, era la época de los bakalas y los guarros.
La época de camisas Rotweiler, gafas Arnette, botas Mustang y plumas Verlac.
De parka alemana, palestino y camiseta a rayas rojinegras.

V erlac

Pero eso ya te pillaba en bachillerato, con 15 o 16 años, y allí la gente iba más a lo suyo. Antes de todo esto, cuando los chavales íbamos formando nuestro carácter, nos tocó enfrentarnos a la mal llamada “edad del pavo”.

Éste es un periodo complicado, entre los 11 y los 15 años, porque todavía no sabes muy bien quién eres ni quién quieres ser. Eres altamente influenciable y todo lo que te rodea te afecta de manera extrema.

Dejas de interesarte por los Pokémon y empiezas a mirar a las chicas de otra forma. Quieres dejar a un lado los planes de cumpleaños con papás y “salir” con los amigos hasta “tarde”. Te preocupas por tu aspecto y sobre todo por lo que los demás piensan de tí. Eres una bomba de inseguridades.

No tienes ni idea de cómo va la historia, pero como todo el mundo finge mucha seguridad, tú intentas lo mismo para parecer “más mayor”.

Cuando lo ves con perspectiva resulta curioso y hasta gracioso, pero en aquellos años cualquier comentario de terceros podía tener un efecto devastador en tí durante toda la semana.

 

Cómo sobreviví a mi jungla particular

Como estudié en un colegio de segundo ciclo, me pasé desde los 6 años hasta selectividad en el mismo centro. Los primeros años de primaria los pasábamos jugando y haciendo el tonto, y poco a poco se iban formando los grupillos. 

Como yo siempre he sido más de karate que de fútbol, me abstenía del planazo estrella de cada recreo y me junté con otros niños que les iban más los coches, las construcciones y esas cosas. Y así llegué hasta secundaria, con un grupillo bien majete de amigos, de esos con los que ibas al burguer, al cine o a los recreativos y te lo pasas bien así sin más.

Pero al llegar la ESO reorganizaron los grupos y a mí me toco en una clase diferente a la de mis amigos. Así que tuve que empezar de cero y hacer amistades, pero con la gente de mi actual curso no acababa de encajar.

Me llevaba bien con unos cuantos, y con otros ni bien ni mal. Así que iba a mi rollo y en los intercambios o recreos me pasaba a ver a mis coleguillas.

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Pero cuando pasamos a tercero de la ESO, con 14 años, parece que las hormonas revolucionaron al curso entero.

Por una parte fue un año muy intenso: mi primera novieta, mis primeros conciertos viendo a Celtas Cortos, el primer botellón, más libertad para quedar y salir por ahí…

Pero en clase se notaba claramente el alto grado de hormonas e inseguridad. Allí no había un acosador y un acosado, eso era un todos contra todos.

El que recibía un día, repartía al siguiente. No hablo de violencia física (aunque alguna leche cayó), sino de un meterse con alguien antes de que alguien se metiese contigo.

Allí había para todos. El Chino, el Zanahorio, el Pingüino, La Foca, el Dr. Zoiberg, La Jirafa, el Chorigo, el Mata-Monos… Yo tuve el honor de ser “el Orejas”, y disfruté de los más ingeniosos y divertidos chistes sobre elefantes y aeroplanos. Además, ese año me pusieron aparato en los dientes y gafas. Un completo, vamos.

Como mis amigos (mi “nucleo duro”) estaban todos en otra clase, ese año me cayó bastante de eso que ahora llaman Bullying, pero que en su momento llamábamos “4 payasos haciendo la gracia a mi costa, pero que un día de estos van a pillar”.

Realmente eran tonterías como quitar una cosa y esconderla o buscar una coña que repetir hasta la saciedad. Pequeñas puñetitas para fastidiar, pero de las que no dabas cuenta a padres ni profesores para mantener el orgullo y no ser un “chivato”.

Lo más difícil era estar ahí comiéndote tu orgullo e intentando esquivar el desagravio de la manera más ingeniosa y menos violenta posible. Pero si al día siguiente alguien encerraba al Zanahorio en el armario, tu ibas a verlo y a reirte en su cara.

Lo curioso es que aquél con el que te habías peleado, igual 2 semanas después estabais jugando a las cartas o echando unas risas, tan amigos.

Una vez un compañero me prestó un videojuego que llevaba mucho tiempo buscando. Pero se quedó con el CD de dentro y me dio sólo la caja para hacer la gracia, lo cual me j#dió bastante al llegar a casa. Sin embargo, al día siguiente me devolvió el disco y me lo prestó durante un par de meses.
¿Qué era aquello? ¿Un amigo tocagüevos o un enemigo majete? Sin duda son edades complicadas…

 

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Pero yo tampoco era un santo, tengo que reconocerlo. A un pobre chaval de las clases de informática le tenía martirizado, siempre metiéndome con él. O el pobre J, que a los 13 le tenía muy machacado, pero hoy somos buenos amigos. Y aunque me educaron fervientemente en la no-violencia (y creo en ella), cuando me calentaron demasiado alguna vez volaron un par de h#stias.

El caso es que cuando la cosa no iba contigo, casi mejor ni meterse. Yo también vi alguna vez el acoso y no me metí por medio. Ojalá lo hubiese hecho, pero en aquel momento uno piensa más en sí mismo. Es más fácil mirar a otro lado, aunque no sea lo correcto.

Ahora recuerdo aquella época como una prueba de fuego antes de ser “mayor”. Un momento en el que tus inseguridades y las de los que te rodean crean un clima complicado, que no acabas muy bien de entender y en el que no sabes muy bien cómo actuar para ser tú mismo. Correteando de un lado a otro buscando respuestas.

Igual sí que está bien eso de llamarlo “edad del pavo”. 

 

Los momentos difíciles son los que más y mejor enseñan.

Creo que hablar de momentos difíciles en la vida es un ejercicio muy sano. Gracias a Javi Z y a este increíble post suyo por el empujón 😉

La gente tiene mucho miedo a reconocer que en algún momento ha sido débil, que ha fallado, que lo ha pasado mal o que se ha sentido menospreciada. Pero es una parte más de la vida, y nadie te va a señalar con el dedo diciendo “Loooooooser!!” 

Mi adolescencia fue en su mayor parte genial, y la recuerdo como una gran época. Pero también es bueno recordar aquello que no fue fácil de llevar, mirar atrás y reconocer todo lo que aprendimos.

No reprocho nada a esos chavales que se metían conmigo, igual que espero no me guarden rencor aquellos con los que yo me metía. Cada uno en su momento actúa en función de las circunstancias e influencias que tiene. Y más aún si tienes 14 años. 

Hace tiempo que perdí el contacto con la mayoría de mis compañeros de la ESO, pero si eres uno de ellos o sabes de quién hablo, déjame un comentario en el Post y me sorprenderás gratamente 😉

*****

Creo que este es un artículo bastante personal, probando aquello de los “puntos de dolor” que me recomendó mi amiga Elisa.

También es un muy buen ejercicio de retrospectiva para cuando la vida te sonríe. No olvidar quien has sido para saber quien quieres llegar a ser.

Si te has sentido identificado y quieres compartir tus experiencias, no te cortes y déjame un mensaje un poco más abajo 🙂

 

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Tras estudiar Ingeniería Mecánica y 3 años de rutina laboral, un verano de voluntariado scout en los Alpes suizos y una dulce alemana resetearon mis prioridades.
Dejé mi aburrido trabajo de oficina para irme a cuidar un castillo medieval en los bosques de Baviera. Después de varias aventuras por Europa me establecí en Frankfurt, donde vivo actualmente. Pero siempre con nuevos proyectos en mente y pensando en el siguiente paso!
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