¿Dónde estamos?

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Desperté de nuevo con la almohada empapada. Las noches de agosto son demasiado calurosas a este lado del mar de Dubert.

Tras varios intentos cuestionándome el sentido de apostar por un día más de vida, me incorporo soñoliento y doy medio paso hacia la ventana. Nada nuevo. El rojizo ocre del cielo invade el horizonte de sucesos y las gaviotas mueren sin tener prisa.

 

Saliendo a la calle, las vociferaciones se palpan a través de este agujero como confituras deprimentes. Estamos para lo que otros desean, sin resignación alguna. Pienso en cada chiste y reviento por dentro de napalm y risas mil.

De camino al trabajo decenas de millones de payasos moribundos rigen su alcohólico mugido desesperante al viento, cuando sólo dos monedas podrían cambiarlo todo de la noche a la mañana.

Es hora de entrar y cierro mi capítulo semanal de desavenencias. Es triste conocer las leyes de la estratosfera sin poder volar cuando más se necesita. Debería ser un derecho inalienable, pero los cantantes de Rap lo redujeron a mínimo común denominador hace ya demasiado tiempo.

Me conformo con ese regalo del insomnio, una condecoración de batalla perdida. A pesar de todo, me siento bien encendiendo Windows y cagándome en su puta madre. Despacio, desperezo mi desidia hasta la hora del café con tostadas. Esto los franceses no lo saben merendar. Ni siquiera sus furcias. 

Es viernes y el callejón sin salida de mi autopista verde esmeralda se hunde una vez más en lo absurdo. No podría ser de otra manera, claro. A veces me pregunto si será verdad esta certeza tan amarilla. Podríamos discutirlo entre tardes de Risk y miseria, mientras la vecina sincroniza su moral con pervertidas hazañas. Pero hoy no. De nuevo, esta vez no.

Vuelvo a casa por inercia y se hace de noche en mi estómago. Estamos envenenando las calles con nuestras miradas mientras nadie mira a todo el mundo en el bus de vuelta. Una opción revienta detrás de otra entre estas esquinas y avenidas verdes, donde Dios colgó sus  sacramentos de sufrimiento y azúcar.

Por suerte debajo del mantel siempre llega la calma. Y hoy, de nuevo, acabo el día ante el comienzo de tus huellas. Pero…¿dónde estamos?

©ReneR – Marzo 2011
 
 

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Rener Frank

Tras estudiar Ingeniería Mecánica y 3 años de rutina laboral, un verano de voluntariado scout en los Alpes suizos y una dulce alemana resetearon mis prioridades.
Dejé mi aburrido trabajo de oficina para irme a cuidar un castillo medieval en los bosques de Baviera. Después de varias aventuras por Europa me establecí en Frankfurt, donde vivo actualmente. Pero siempre con nuevos proyectos en mente y pensando en el siguiente paso!
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Tras estudiar Ingeniería Mecánica y 3 años de rutina laboral, un verano de voluntariado scout en los Alpes suizos y una dulce alemana resetearon mis prioridades. Dejé mi aburrido trabajo de oficina para irme a cuidar un castillo medieval en los bosques de Baviera. Después de varias aventuras por Europa me establecí en Frankfurt, donde vivo actualmente. Pero siempre con nuevos proyectos en mente y pensando en el siguiente paso!
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